No voy a negar,
ahora que es la una de la noche
y todo el mundo está durmiendo,
que me gustaría morirme;
ahora mismo,
en el acto.
Y no es que me haya entrado en el cerebro
una de esas paranoias mías, qué va,
nada que ver con sentimientos de inferioridad ni depresiones,
nada que ver con la bipolaridad que siempre me ha acompañado.
Solamente abogo por la finalidad
de los viajes en el tiempo.
Soñar que alguien del pasado
va a venir a explicarme mi futuro
con mis ojos en su mano izquierda
y mi corazón en la boca.
Por eso creo que debería hacer mi propia autopsia;
empezaría por el pecho:
con esos pulmones negros tendría trabajo
pero no tendría ningún sentido limpiarlos.
Quizá si sigo bajando,
puede que me encuentre en el estómago
todos esos poemas que no cabían en la papelera
y que me comí una noche de esas
que no hay nada en la nevera y da pereza
bajar a comprar al paquistaní de la esquina.
Y quién sabe si en la espalda y con suavidad
pueda escribirme, al final, algo con el bisturí,
algo que me recuerde lo que fui
antes de tapar mi cadáver.
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