De pequeña,
tu padre te contaba cuentos
y a ti se te iluminaban los ojos
igual que luciérnagas feroces;
hoy soy yo el que te lee
esos poemas de Gil de Biedma
para ver como se te eriza la piel
y haces de tus labios,
mecanismos de autodefensa.
Y es igual que entonces
pero con diferentes voces.
Y es igual que siempre,
rendida al silencio de la noche.
Cuando duermes
yo soy el orgulloso testigo de tu somnolencia.
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