Hoy,
es imposible intentar intuir
tus suspiros de la niebla.
Ayer,
bajo tus botas de acero
crecía el musgo del parque.
Nos dedicamos a intercambiarle a los extraños,
la alergia del latido aglomerado
por estruendos de tambores en el vientre.
Por laberintos oscuros,
las tardes lluviosas del domingo;
a cobijo en tu saliva recién hecha.
Pero ya no quedan mechones de tu pelo por las esquinas,
el sol debió arrasarlo todo.
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