Tengo una colección de metrónomos rotos
en algún cajón del cuarto;
por todas esas veces que me hablaron
del paso del tiempo
y mi comportamiento hacia él;
por todas esas veces que se fugaron
los meses de invierno y de verano
intercalando en los armarios
fríos y calores.
Todavía quedan pequeñas monedas esparcidas
entre paquetes de tabaco vacíos y vasos sucios,
algún esbozo de postal que otra
de sitios dónde me gustaría ir pero nunca estuve
y el culo de un frasco de colonia
que me regaló una novia antes de acabar conmigo.
Es curioso,
dije que la olvidaría cuando se terminase
y creo que por una puta vez en mi vida
voy a cumplir mi palabra
y no lo tiraré a la basura.
Ésta será mi última noche por aquí
antes de ir a pernoctar con las hadas
que prestan sus camas en las afueras.
Iré a caminar entre el fuego abierto
del jazmín y del romero
que barnizan las noches del bosque
justo al lado de mi casa.
Allí es donde quiero estar,
aunque ya no queden extranjeras en la playa
y las casas sigan igual de blancas y solitarias
que hace un par de semanas.
Me encanta ver jugar a la tramontana con tu ropa tendida.
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