miércoles, 21 de julio de 2010

El final

Estoy en casa esperando malas noticias de un hospital,
no sé como explicarle a mi hermana pequeña que hay un final
cuando el brillo de los ojos de su abuelo se extinga.

Desde mi cuarto,
ella y yo, nos aproximamos a los márgenes del sufrimiento,
mirándonos como si fuéramos dos pájaros a punto de ser abatidos
en la cuerda de tender de nuestra incertidumbre.

Tampoco sabemos por qué se alteran
dentro del pecho las pulsaciones,
ni por qué duelen las respiraciones profundas,
ni por qué no hay manual de instrucciones a sus preguntas.

Sus lágrimas son peores que el fin del mundo.

Hasta que oímos las llaves de mi madre abriendo la puerta
y al llegar a la habitación,
saluda negando con la cabeza.

Era el final.

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