Tras la catástrofe,
en algún rincón de una oficina
hay un escritor relamiéndose
buscando palabras certeras
que exalten la sangre de los muertos
y el dolor de los que siguen vivos.
Emocionado,
como recién eyaculado,
plasma en tinta su ingenio
sobre la historia macabra.
Le felicitan sus compañeros por el artículo,
y la desgracia le sube el sueldo.
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