Ya no me atrevo a jugarme los huevos por ti,
porque creo que me quedaría sin día del padre,
porque parece que te hayas vuelto loca,
que hayas aprendido rápido a malherir
y ya sepas por fin
cuáles son las palabras que me destrozan.
Y te has acostumbrado:
a calentarme la boca,
a coger carrerilla
en el innoble arte del sarcasmo y la ironía;
a tirar la piedra que me abre la cabeza
y a esconder la mano que me cierra los ojos
y no me deja olvidarte todavía.
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