Pasé la tarde provocando accidentes
sólo porque me enloquecían las sirenas de las ambulancias;
deseché la opción de salir a buscarte
y volví a empujar al vacío el color violeta del anochecer.
Me propuse aprender a respirar con el corazón
y a contar mis latidos en el ritmo de tus deseos.
Me acordé de tu afonía
y el día que te llevé a gritarle
a aquel ejército de sordomudos.
Y nadie pudo escuchar tus lamentos.
Aquella noche,
quise buscar planetas en minas de carbón
y encontré la constelación de tus pestañas.
Un poco de calor,
y un poco de whisky;
y el odio
y el rencor
de más de mil resacas.
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